A fuego lento

A veces te parece que deberías haber nacido un siglo antes. Por lo menos.

Porque lo que ves a tú alrededor no encaja contigo.

Y eso que ves no te gusta.

Porque en la era de la rapidez, de lo instantáneo, tú te sientes más de fuego lento. Para todo.

Para la comida, para la vida, para las relaciones… Sí, sobre todo para las relaciones.

A veces te parece que se ha perdido el placer de degustar un plato cocinado despacio. Su sabor trabajado en las ascuas de una lumbre. Igual que se ha perdido el encanto de una conquista, de una relación madurada, de un amor a fuego lento.

Paso a paso.

Porque ahora funciona lo rápido. Todo para ya, la vida en cuestión de minutos.

Las comidas, cuanto más rápidas mejor. Donde antes estaba la lumbre ahora tienes la vitrocerámica, o sino el fast food. Fast.

Siempre fast.

En tu vida te ves siempre con prisa. Adonde vayas da igual, lo que importa es llegar pronto, aunque no sea a ningún lado. Sin detenerte a pensar. A observar y a apreciar lo cotidiano, la naturaleza, las cosas pequeñas.

Y en las relaciones la cosa se pone peor. Los puertos de montaña quedaron atrás en el tiempo. Ahora sólo queda el sprint final. Quemar etapas es lo que cuenta, aunque eso te lleve al aburrimiento. Si ocurre, puedes volver a empezar.

Ya no quedan recompensas ganadas a golpe de trabajo duro. Cuando eras pequeña, te decían que lo que más cuesta merece más la pena. Que el valor de un logro es proporcional al esfuerzo para conseguirlo. Y piensas que tenían razón, pero que cada vez quedan menos cosas valiosas en la era de la inmediatez.

Así que piensas en la típica película de viajes al futuro. Y te preguntas si quizá ha pasado eso contigo. Que te hayas despertado 100 años más tarde de lo que deberías.

Porque te sientes más cercana a cómo pensaba gente de otro siglo. A los cafés en los locales de Paris y a los cortejos. Ahora a cambio tienes reguetón y tinder.

Por eso cuando lees un libro de aquella época te transporta. Sientes nostalgia de una época que ni siquiera viviste. Y piensas que quizá deberías estar dentro de esos libros, los de Jane Austen o Charlotte Brontë.

Foto: Loui jover

Pero al menos los tienes a ellos como refugio.  A los libros.

Para soñar.

Para volver a los bailes sin agarrar demasiado.

A los besos en la mejilla.

A las conversaciones tranquilas y los paseos por el campo.

A las cartas manuscritas dejadas en el pupitre o en el buzón.

A la valentía de declararse cara a cara.

Al fuego lento de las cosas que merecen la pena.

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