Ellos no tienen que llorar

Siempre hemos creído que los niños tenían que ir de azul y las niñas de rosa, y que resultaba que el amarillo era neutro. Que a lo que había que aspirar era a llevar una vida correcta, que consistía en una casa grande, tres niños y un perro. Creímos que nos tenía que gustar lo dulce y espantar lo amargo, y que, a partir de cierta edad, no se podía volver a jugar. Que teníamos que esperar que se fijasen en nosotras y que ellos no tenían que llorar.

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Creímos que el esfuerzo del estudio daría sus frutos y que la vida, ante todo, es justa. Nos dijeron también eso de que lo malo es bueno, que la rutina es aceptable, y qué es una cara bonita y una fea. Que si nosotras éramos totalmente independientes quedaba indiscreto. Que si ellos aprendían a cocinar y planchar perdían masculinidad. Creímos que si sonreíamos demasiado, resultaríamos tontos, pero que, si no lo hacíamos lo suficiente, nos tacharían de deprimidos. Aspiramos al “término medio”, creyendo que era lo adecuado, que ser del montón tenía que ser nuestro mayor afán y orgullo. Y que sobre todo no había que cuestionarse nada de esto porque sólo complicaría las cosas, y lo complicado nunca resulta ser bueno.

Y nos lo creímos porque resulta que hay que caerse al suelo un millón de veces hasta que se consigue ver al cielo.

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Que hay que saber que a veces lo complicado es la mejor sensación, y que puede que no todo tenga que ser fácil con tal de que resulte que ha merecido la pena.

Y puede que lo correcto ya no sea lo que se lleve y, si me preguntes lo que pienso de ti, puede que la respuesta no te guste.

Puede que el término medio ya dejó de ser suficiente y que todas mis mentiras en realidad sean deseos.

Puede ahora ellos lloren porque, no por no exteriorizar algo, no signifique que no existe.

Puede que nosotras nos hayamos hartado de esperar y que ya no pidamos permiso antes de pedir perdón.

Puede que haya días que haya que cuestionarse todo de más y que nunca se llegue a saber del todo cuántos años hay que vivir hasta ser realmente libres.

Puede que la rutina haya dejado de existir y algunos estemos en nuestra misión olvido, borrando el pasado poco a poco, volviendo a pegar meses al calendario, según nos convenga. Pero no porque no nos guste el pasado, sino porque queremos vivir un millón de futuros posibles.

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Puede que se aprendiese más en el estribillo de una canción, que dura quince segundos, que todos esos años en un aula.

Puede que queramos seguir jugando a los veinte y a los treinta. Y lo hagamos.

Puede que vea belleza en las caras que, según los cánones, no la tengan y me pregunte por qué el amor es la ciencia con la teoría más simple y la práctica más imposible de todas.

Y puede que corra porque en el fondo me gusta que me persigan.

Y puede que sea todo muy sencillo y que las segundas oportunidades haya que merecérselas. Que son un regalo y eso de que la gente cambia es una utopía. O puede que no.

Puede que, como dijeron unos, seamos dos almas perdidas en una pecera enana, dando vueltas año tras año, sobre la misma tierra. Y puede que nos hayamos encontrado de nuevo, con los mismos miedos de siempre.

Puede que el sabor amargo me guste porque me recuerda a ese verano e inevitablemente me pregunte cómo ella lo consiguió. Porque yo también quiero.

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Puede que quiera que el mundo nos recuerde por lo que nunca fuimos, que es más grande que lo que siempre seremos.

Puede que haya errores eternos o que todo sea eternamente erróneo. Que el problema no está en que ella no resulte ser la chica de sus sueños, sino en que sea la chica en la que piense dentro de unos años, mientras esté en un bar tomándose una cerveza, deseando habérsela pedido rubia para que se pareciese al color de su pelo.

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Puede que cada dos minutos algunos intenten cambiar de estrategia para despistar al adversario, cuando a los únicos a los que consiguen confundir es a sí mismos. Pero no pasa nada, todos lo hacemos tarde o temprano.

Puede que ya me esté cansando de lo de siempre, porque ya deja de saber a lo de nunca.

Puede que los crujidos de la madera del suelo debajo de tus pies se hayan establecido como número uno en mi jerarquía personal de ruidos favoritos.

Y puede que el azul ahora lo lleven las chicas, que el rosa sea cosa de todos y el amarillo se haya pasado de moda.

Y puede que yo sonría demasiado. De oreja a oreja, como se dice. Pero qué queréis que os diga. Me da exactamente igual lo que piensen.

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- Z

Fotografía: Anónimo, Anónimo, filipesantossilva, F-K, lunegram, Anna Bond

Imaginando el futuro

Estas navidades encontré la ocasión perfecta para hacer limpieza en mi cuarto. Por fin me enfrenté a esa estantería llena de carpetas y esos cajones llenos de papeles y cuadernos del colegio. Lo sé, no tiene sentido guardar todo pero no puedo evitar que me inunde la pena al deshacerme de los recuerdos. Aún así me arme de valor y me dispuse a tirar todos esos papeles que formaban gran parte de mis años escolares.

Mientras estaba ahí, haciendo limpieza, fui mirando y leyendo muchas de las cosas antes de deshacerme definitivamente de ellas y encontré una redacción de no sé muy bien qué asignatura en la que teníamos que describir cómo nos veíamos diez años después y escribir una carta a nuestro Yo futuro. Esa redacción la escribí en 2004, por lo que ya han pasado los diez años que nos separaban a esa colegiala y a mi Yo actual. Me hizo mucha gracia ver como hay cosas de mí que no han cambiado en absoluto, pero que mi Yo actual tiene muy poco que ver con aquello que imaginaba. Por eso he querido escribirle esta carta a aquella niña de 13 años.

Querida A de 2004,

Han pasado más de diez años y casi no me he dado cuenta.
Acabé el colegio, empecé la universidad, la acabé también y empecé a trabajar. He vivido en cuatro países distintos y viajado a los cinco continentes, me pongo a pensar y no he parado en estos años, pero no me he dado cuenta que han pasado.

Acabé el colegio con tan buenas notas como había tenido siempre, pero decidí no estudiar esa carrera que todos querían para mí, esa que repetía como un loro desde que tenía diez años, diciendo que quería estudiar algo que ni siquiera sabía lo que significaba. No soy bilicenciada como tú pensabas que sería. Decidí que esa “titulitis” que hay hoy en día en España no debía condicionar mi futuro y me decanté por hacer caso a mi lado más aventurero: conseguí hacer una carrera internacional.

post 1He cambiado bastante de forma de ser, ya no soy tan orgullosa ni impulsiva aunque sigo siendo bastante cabezota. Reflexiono más antes de tomar cada decisión pero me sigue costando cambiarla una vez que la he tomado. Tengo menos genio y ya no me peleo nunca, supongo que he madurado. Ya no tengo las mismas aspiraciones y cuando miro al futuro veo más barreras. Me cuesta más soñar y, al ponerme metas, hay muchas que creo que no puedo conseguir, supongo que ese cambio no ha sido para bien.

Físicamente tampoco tengo nada que ver, en este aspecto la madurez no ha sido tan positiva. Ya no tengo tiempo para hacer tanto deporte y me sobran varios kilos. No soy tan rubia y me corté esa melena de quinceañera que tanto me gustaba.

Me fui a Madrid a estudiar, en eso no te equivocaste. Ya hace seis años que llegué con aquel entusiasmo de empezar una nueva vida en una gran ciudad. No te voy a engañar, Madrid es increíble y tiene de todo, pero al final, como supongo que pasa en cualquier ciudad del mundo, me muevo por una mínima parte de ella y me queda muchísimo Madrid por descubrir.
Captura de pantalla 2015-01-14 a la(s) 23.15.38No trabajo en un banco ni vivo en Londres, pero conseguí vivir un año en esa ciudad que siempre tuve claro que era “mi ciudad”. Hoy la tengo todavía más idealizada, si cabe, y sigo cumpliendo mi visita anual indispensable a ese Londres que nunca deja de sorprenderme.

Estoy a punto de cumplir 25 años y me sigo sintiendo una niña. La vida ordenada y de adulta que pensabas que llevaría al llegar a esta edad no es exactamente así y ahora salgo probablemente más que nunca. No estoy casada ni cerca de estarlo, de hecho no tengo ni novio para disgusto de mamá. Javier ha resultado no ser el hombre de mi vida, aunque tengo que reconocerte que me costó casi seis años darme cuenta de ello. Ahora, ya hemos vuelto a ser amigos consiguiendo que no haya tensiones.

Alguna de mis amigas si que llevan una vida más parecida a lo que tú creías que sería la mía hoy en día. África se casa en Junio y Paula, que ya se casó, está embarazada. La mayoría tienen novios serios y suenan campanas de bodas por todas partes.
Captura de pantalla 2015-01-14 a la(s) 23.21.50He hecho muchas amigas nuevas, como ya supusiste, pero las indispensables siguen ahí. En eso tampoco te equivocabas. Algo que te llamará la atención es que he perdido el contacto con casi todas “las de la clase”. De nuestro grupo más cercano Almu y Lourdes son todavía más amigas que antes, no sé que haría sin ellas, pero hace un par de años que no veo a Lola y en cambio Pilar ha ocupado su lugar.

No todo ha sido bueno en estos años, España está pasando (aunque parece que ya salimos) por una crisis económica terrible, que por desgracia ha afectado a todos. Ya no tenemos tantos lujos, pero hemos aprendido el valor de las cosas.

Lo peor, o lo que más me ha impactado, en este tiempo es que Miguel nos dejó para siempre. No lo esperábamos, ¿cómo vas a pensar que un amigo tuyo se va a ir tan jóven? ¿Por qué pasan estas cosas? Es algo que me intriga, y que probablemente nunca llegaré a entender. Me acuerdo todos los días de él, y estoy segura de que desde ahí arriba nos cuida y sigue nuestras hazañas día a día.

La tecnología ha avanzado muchísimo. Ya no hablamos por Messenger sino por Whatsapp. Tenemos Internet en el móvil,  los teléfonos han evolucionado tanto que nos han creado una necesidad. La verdad es que es un poco triste darnos cuenta como ahora nos relacionamos más a través de una pantalla que en persona. No es raro ver a dos personas juntas que cada uno esté con su teléfono. Reconozco mi adicción al iPhone y me propongo dejar de ser tan dependiente de este aparato.

Captura de pantalla 2015-01-14 a la(s) 23.37.02Ya no veo tantas series como antes. Eso de tener mi serie para cada día de la semana se acabó. Sustituí Hospital Central y Los Serrano por series americanas como Friends y Anatomía de Grey. Hace años que no veo una serie española e intento verlas en inglés para no perder el idioma. Leo más que nunca, el Kindle me ha ayudado mucho ya que no tengo la excusa de no querer cargar con los libros y puedo leer cada vez que tengo un ratito. Como ves he empezado a escribir, y hay hasta gente que me lee. Eso sí que nunca lo hubieras imaginado, ¿eh?.

Ya voy terminando, pero antes quiero que sepas que he sido muy feliz estos años. Me lo he pasado muy bien, he disfrutado como no creía que fuera a hacerlo. He aprovechado cada oportunidad que he tenido teniendo como máxima eso que tanto repiten de que “el tiempo es oro”. Me encanta la sensación de mirar atrás y sonreir por todos esos recuerdos.

Poco más te puedo contar de mi vida, no sé qué será de mí mañana pero supongo que ,si hiciese el mismo ejercicio y me describiese de aquí a diez años, volvería a acertar en poco. Con esto me he dado cuenta de que es mejor no planear demasiado en nuestra vida, pues no todo se puede cumplir.
Captura de pantalla 2015-01-14 a la(s) 23.25.47Espero que no te haya decepcionado ver mi evolución, me he equivocado mucho pero lo he hecho lo mejor que he podido.

Un abrazo,

A de 2015.

Lista de enero

Después de haber disfrutado de fiestas (y más fiestas), cenas (y más cenas) y reuniones (y más reuniones) cargadas de emoción, comenzamos un nuevo año, con la esperanza de que supere al anterior. Dicen que ahora llega la cuesta de enero, pero yo no creo en ella. Enero es un mes de disfrutar de las cosas sencillas después de tanto jaleo, de volver a hibernar los sábados por la tarde en el sofá, y de ver un millón de películas con la entrega de premios a la vuelta de la esquina. Para empezar lo mejor posible, os dejo mi versión de enero. Espero que la disfrutéis.

1. La crema hidratante de Carelia es estupenda para combatir el frío y es apta para cualquier tipo de piel, incluso las más sensibles. Además tienen unas colonias que huelen genial.

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2. Los zumos detox de Fit Food con sus planes que varían en función del número de días son una opción estupenda para eliminar todos los excesos de las fiestas.

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3. Aún no la he visto porque se estrena el viernes pero parece ser que la película Birdman promete mucho para esta temporada. Del sábado no pasa que vaya a verla.

4. Estuve cenando con unos amigos recientemente en El Velázquez y repetiría. Recomiendo sobre todo la burrata y el coulant de chocolate.

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5. Me he enamorado locamente de la rayas kohl de Bobbi Brown con difuminador y sus distintas gamas, en especial la que tiene un toque ciruela. La llevo todos los días.

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6. Para ir a tomar una copa, no puede fallar Sexto. Además de estar en una de las mejores zonas para salir por la noche de Madrid, el ambiente es genial, las copas más, la música en directo no está alta, y hay abundancia de sofás.

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7. Habrá dado ya mil y una vueltas pero no quiero que nadie se quede sin verlo. Me ha encantado el último anuncio de Ikea. No podrían reflejar mejor lo que de verdad importa.

8. Estoy leyéndome ahora Éramos unos niños de Patti Smith y no me podría estar gustando más. No es solo una historia de amor, es una historia de amistad, contada de una forma muy original que te mete en el mundo de los artistas, con lo bueno y lo malo, y hace que nunca quieras salir.

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9. He descubierto hace muy poco la marca de complementos sevillana Nucca. Tienen piezas alucinantes. Me han gustado en especial su brazalete y anillo, ambos de la colección Hojas de fresno.

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10. Me encanta esta canción. Estoy todo el día escuchándola. Y encima me hacen un vídeo de hombres con esmoquin. No diré más.

 

¡Que paséis un buen mes!

– Z

A dos centímetros

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El uno de enero de cada año, todo el mundo promete y repromete cincuenta veces aquello que va a conquistar en los 365 días que vienen. En la mayoría de los casos, promesas efímeras que rebotan del primer día de un año al siguiente, según mi opinión y experiencia.

Es una tradición que nunca he entendido bien del todo. Soy más de analizar el año anterior y no intentar predecir minuciosamente el próximo porque no creo en eso del borrón y cuenta nueva. Mi cuenta vieja, por bonita o fea que sea, me hace lo que soy hoy y eso, señores, me gusta. Y mucho.

Saboreo qué es lo que he aprendido durante los últimos doces meses para afrontar la avalancha de lo nuevo, porque todos tenemos nuestro equipaje que, aunque tiene matices de pasados rotos y a veces viene acompañado de sabores amargos, es lo que nos prepara para el futuro. El truco para mí está en querer a mi manera esas lecciones que me ha dado el año e irlas metiendo en mi maleta, cada vez un poco más desgastada, no como peso de castigo, sino de aprendizaje.

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Diría que una de las lecciones más importantes de este año ha sido aprender que no todos los espacios en blanco están ahí para ser rellenados. Que a veces nos empeñamos y con frecuencia no tiene que ser. Y eso, para mi cabeza cuadriculada tirando hacia el extremo germano, ha sido una sorpresa algo difícil de asimilar.

Otra sorpresa que me ha traído el año es la demostración de que hay sueños que sí se cumplen, si uno sabe esperarlos con la paciencia adecuada. Ha llegado nuestro momento, y reúne todos los ingredientes básicos en los que siempre he creído: confianza, respeto y un poco de locura de vez en cuando, que nunca viene mal. Y sobretodo saber que esos dos brazos serán mi refugio permanente, hace que dé gracias todos los días.

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He aprendido que como mejor se vive es a dos centímetros de la realidad, que nunca hay que tomarse la cosas muy a pecho y que hay que saber distanciarse cuando el momento lo requiere. Aprender a mantener la cabeza fría para saber lo que realmente quiero es una de mis lecciones más importantes. Que está claro que no se puede ser agua, y que no podemos expandirnos para cubrir todo porque al final perdemos nuestra esencia. Lo que te hace a ti tú, y lo que me hace a mí yo.

Resulta también que el tiempo tiene un carácter descaradamente impresentable y siempre engaña: se pierde demasiado rápido y es imposible de recuperar. Y que existe una diferencia muy grande entre perder el tiempo o perder el tiempo contigo.

Una nueva sorpresa ha sido el cambio de estilo de vida, en todos los sentidos, al hacer más caso al corazón que a la razón. Suena muy fácil decirlo pero no lo es llevarlo a cabo. Levantarte todos los días y pensar que si has tomado la decisión adecuada y dudar es jodido, pero al final todo se acaba encauzando hacia lo mejor.

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Pero definitivamente he llegado a la conclusión de que la mejor sorpresa es ya. Ahora. Hoy mismo. No eso que pasó hace un segundo imposible de recuperar y a lo que damos demasiadas vueltas, sino lo que pasará dentro de unas milésimas y hay que agarrar.

Sin ser ninguna novedad, como todos los años, la gente sorprende para bien o para mal. Alguno que pensabas que era inamovible, resulta que lo es. Alguno que pensabas que era movible, resulta que no lo es. La cuestión está en aceptar el cambio, siempre después de haber luchado por ello, y así podrás dormir un poco mejor. A mí sinceramente me tiene que sonar el despertador ocho veces hasta que consigo despegar pestañas.

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Que como siempre me quedo con lo mejor de lo vivido.

Que eso de andar en círculos no me gusta porque acabas donde empezaste.

Que a veces es mejor dejar que las cosas suenen a derrota, porque al menos despegaste los pies del suelo.

Que hay cosas que saben a cielo pero hay que dejarlas ir porque duelen como un infierno.

Y que sobretodo, los imposibles no existen, solo depende de cómo enfoques el problema, y más importante aún, la solución.

- Z

Fotografías: La Cool & Chic, ARDW, Sadillite, Summer Wind, Anónimo

La Navidad para mí

 ¡Por fin podemos decir que estamos en Navidad! El ambiente por las calles cambia, están las luces y decoraciones, escuchamos villancicos y vemos las calles llenas de gente alegre. Todo está animado y nos anuncia que llega la Navidad y el año se está acabando.

Me encanta esta época, pero no me gusta por los regalos, las vacaciones o la comida, que también. La Navidad para mí es mucho más que eso, y me gusta por todo lo demás.

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La Navidad para mí no son simples vacaciones, es volver a casa con mis padres y hermanos y que parezca que nunca nos fuimos. Es estar con mis abuelos, mis primos y mis tíos 24 horas durante una semana y no acabar harta de ellos sino pensando: ¡qué suerte tengo de tener esta familia!

La Navidad para mí no son regalos materiales, sino la ilusión con la que todos preparamos el 24 de diciembre. Es mi tía María subida en una silla y gritando el nombre de quién regala a quién por el amigo invisible. Es ver a los sobrinos saltando de alegría porque Papá Noel está en el jardín y les ha traído regalos a todos! Es ver como mi madre cuando se acerca reyes piensa que volvemos a tener 5, 10 y 12 años, nos hace escribir una carta y acostarnos temprano. Es la ilusión de abrir los regalos como si no hubiéramos crecido y el desayuno en familia del 6 de enero con roscón y chocolate caliente. Es ver que pasan los años pero las navidades en casa no han cambiado.

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La Navidad para mí no son comidas eternas y copas de vino que no paran de rellenarse. Es encontrarse con amigos que no ves desde hace tiempo y pasar buenos ratos con ellos. Es ponerse al día y darte cuenta que algunas se han ido a vivir a otro país, otras se casan y otras están embarazadas pero que por mucho que cambien las circunstancias podemos seguir compartiendo ratos tan buenos como hace años.

La Navidad no es escuchar villancicos americanos que nos ponen ahora en cualquier sitio, es cantar con mis tíos y mis primos las tres estrofas de los villancicos populares que nos sabemos. Es llamar a los que no pueden pasar el 25 de diciembre con nosotros y cantarles (o gritarles) el villancico familiar sin ni siquiera dejar que nos respondan. Es recitar las poesías del abuelo y enseñárselas a los más pequeños porque el año que viene se las tienen que saber. Es darnos cuenta que tenemos unas costumbres familiares “muy normales” que ninguno de los que vienen de fuera entienden. Es pasar la cultura familiar a los más pequeños.

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La Navidad para mí no es salir a un bar y beberme 4, 5 o 7 copas como un viernes cualquiera. Es ir a “nuestro” bar y saber que allí nos vamos a encontrar todos. Que todos hemos vuelto a casa por Navidad y que allí estaremos, desde los que tienen 30 a los que tienen 16. Es saber a la hora que voy pero nunca a la hora que me voy a volver. Es que el gin tonic de después de comer con mi hermano y dos más se pueda convertir en una cena de 40 personas.

La Navidad para mí tiene su verdadero sentido en el nacimiento de Jesús, que cada año nos recuerda que vino a salvarnos. Nos recuerda que debemos ser mejores personas y ayudar a los demás. Me gusta la Navidad porque nos acordamos más que nunca de los más desfavorecidos e intentamos ayudarles para que ellos también pasen unas buenas fiestas.

 Y sí, estoy de acuerdo en que no tenemos que esperar a que llegue diciembre para darle un abrazo a nuestros abuelos, reencontrarnos con amigos, ser solidarios o hacer regalos… Pero por desgracia todo va muy rápido y es en ese momento del año en que todas estas cosas pasan a la vez y me llena una felicidad tremenda.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

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¿Por qué escribo?

 A veces, días como hoy en los que no he parado ni un sólo minuto llego a casa reventada y me pongo a reflexionar. Hoy he llegado y sólo tenía una cosa en la cabeza “tengo que escribir un post”.

He abierto el word y he estado mirando la página en blanco un rato. Yo la miraba y ella me miraba a mí, pero nada, no he encontrado nada que me inspirase como para escribir ese post que sé que le debo al blog. Y en medio de la frustración “de la página en blanco” me he hecho a mi misma esa pregunta que tantas veces me han hecho los demás ¿Por qué escribo?escribir 3 Como la mayoría de las buenas preguntas, ésta tiene una difícil respuesta, me atrevería a decir que ni siquiera yo tengo muy claro por que escribo.

Escribo porque me gusta, me desahoga, me relaja y me entretiene. Escribo porque creo que es una manera de concerme mejor y aceptar muchos hechos que no aceptamos cuando sólo están en nuestra mente.
Escribo porque a veces siento que si expreso las cosas con palabras son más reales.escribir 1 Escribo para mí, o a veces, como hoy, escribo porque siento que se lo debo a los demás.

Escribo porque me gusta leer, y me encantaría aprender a escribir. Escribo porque me he enganchado a ello, y como Z repite en varios posts es algo que acaba creando adicción. Escribo porque lo necesito.

Escribo porque es lo que une a este blog, que ha sido mi proyecto más importante, que lo he cuidado y mimado viéndolo crecer y que tantas ilusiones me ha dado.

Escribo porque se ha convertido en una parte de mí.

Y tú, ¿Por qué escribes?

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-A.

Los fantasmas del pasado II

Continuación de Los fantasmas del pasado

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Era de noche y hacía frío, mucho, como a mi me gusta: bufanda hasta la nariz y manos bien encajadas en la profundidad de los bolsillos. Las luces de Navidad en forma de molinillos gigantes iluminaban todo Serrano. Me encantaba cómo parecía que flotaban en el aire, y me gustaba creer que cada lucecita almacenaba la ilusión de alguien, por peculiar que fuese. Era una pena que los molinillos reales, a pesar de transportar algo tan valioso como un deseo, siempre se acababan cayendo al suelo y hundiendo sin más.

A esto le iba dando vueltas con la mirada en otro lugar, esperando a que el semáforo se abriese para cruzar, cuando te vi. Miré dos veces porque no me lo creí. Y una tercera por si acaso, que las distancias no son mi fuerte.

Había pasado mucho desde la última vez que te pude entrever, escondiéndome en las masas de Gran Vía. Esta vez no había huida, yo en primera fila en el cruce, tú más de lo mismo en la acera de enfrente.

Vi que me habías visto. Mi cara reflejada en la tuya. ¿Y ahora qué? parecía que me decías.

Volví a mirar al semáforo. Parecía que llevaba cerrado una hora.

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Dos años y aquí seguíamos. Silencios incómodos, miradas furtivas, y una larga lista de palabras nunca dichas. Rebotes de pupilas, sonrisas torcidas y las cosas que nunca te dije, enumeradas de uno a cien. Todos nuestros fotogramas recorrieron mi mente.

El semáforo seguía en rojo y me mirabas. Seguías teniendo esos ojos que siempre veían más allá. Esos jodidos ojos color mar revuelto. Esos ojos que creaban mil preguntas y dejaban un millón sin contestar.

Pero esta vez no fue como la anterior. No me empecé a preguntar mil y una cosas llenas de “y si supieras” o “si hubiésemos hecho esto”. Sólo me dediqué a mantener la mirada, y en seguida supiste por donde iban los tiros.

Mente en blanco. Semáforo en verde. Un pie delante de otro. El tiempo parecía ir un poco más despacio, una especie de ralentización en la que oyes demasiado alto tu respiración o como suenan las ruedas del coche que frena sobre el asfalto a tres metros.

Ya casi a la mitad, estábamos muy cerca, y sin dejar de mirarnos.

Pero cuanto más cerca te veía, más desaparecía la imagen que había tenido de ti tanto tiempo y más emergía un extraño. Una especie de transformación etérea que solo veían mis ojos.

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Y vi que ya no eras la persona con la que, tumbados en la cama hasta las mil y una, escuchaba a ese grupo, un casco para cada uno. Como si ese fino cable blanco era lo único que nos unía.

Intenté recordar el olor de tu colonia y descubrí que era algo que se me había escapado hace mucho.

Ya no me importaba saber si te habían dado ese trabajo, o si habías encontrado a otra con la que dejar de contar las horas. Resulta que es posible que las comparaciones se queden cortas. Muy cortas.

Me daba igual si seguías siendo fiel a tu costumbre de ir solo a cenar fuera si se trataba de una buena hamburguesa, si jugar a esos videojuegos que yo no entendía seguía siendo uno de tus pasatiempos preferidos o si seguías teniendo una sonrisa con mirada felina.

Ya no cavilaba sobre si esa frase tuya haría que todos mis problemas saliesen volando por la ventana. Triple mortal y de cabeza.

No me importaba lo más mínimo cómo contases nuestra historia, o ni siquiera si lo hacías, para bien o para mal. Porque, al verte así de cerca, noté que ese episodio nunca fue lo que creí que era. Esos son los engaños de la mente que nos aferra a pasados rotos creyendo que así se arreglan. Tardé demasiado en darme cuenta de que lo nuestro no se fue rompiendo en más añicos tras cada sinsentido, sino que nunca nació de una sola pieza. Y es que siempre le faltaron partes al rompecabezas de tú y yo.

La cuestión era, que cruzando ese semáforo, vi que tú quizás llegaste a ser algo, pero que nunca lo fuiste para mí.

Que ya pasó mucho tiempo desde la última vez en la que me preocupé si leías lo que escribía, y que no me acuerdo de cuando fue la última vez en la que escribí algo que solo era para tus ojos.

Que éramos básicamente unos desconocidos.

Que había descubierto con el paso del tiempo que no fuiste mi tiro más preciso, como yo creía. Que no di en el blanco, más bien que la flecha voló sin rumbo hasta que cayó al suelo. Es irónico eso de ver las cosas con perspectiva.

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Y ya en el centro del cruce, a veinte centímetros de ti, a punto de rozar manos, me acordé de esa frase que escribí: en ocasiones deseamos que sucedan ciertas cosas y cuando llega el momento nos damos cuenta de que no queremos más que dejar pasar ese tren.

Y creo, que en ese mismo instante, lo supe, sin mediar palabra.

Un paso más y saliste de mi campo de visión.

Miré al cielo y vi los molinillos, y entendí que la cuestión nunca ha estado en si te caes como ellos cuando dejan de volar, sino en si viene un viento de los fuertes y te vuelves a levantar.

- Z